Miraba reiteradamente sus manos, una y otra vez. Se sentía mal, no le agradaba -ni siquiera un poco-. Hasta se avergonzaba de si misma, escondía sus manos cada vez que podía. Quería acabar con todo eso, pero no podía, era mucho más fuerte que ella. Era una de las pocas cosas que la dominaban. Un vicio. Un maldito y aborrecedor vicio sin sentido alguno. Aunque agradecía que no sea un vicio como el tabaco, una droga. Pero era algo parecido. Era algo así como una autodestrucción. No se encontraba conforme, pero tampoco sabía cómo podía solucionarlo. Ya de adolescente había probado con muchas cosas que la ayuden a evitarlo, pero nada funcionaba. Intentaba de todos modos, pero nunca lo logró. Ella creía que la solución no era material, había intentado con todo. El único misterio que le faltaba resolver era qué era lo que necesitaba en realidad. De verdad creía, igual, que nunca lo encontraría aunque decía que le encantaría tener unas manos lindas -como todas-. Pero finalmente se decidió a esperar con paciencia el momento que llegue lo que le haga cumplir uno de sus más pequeños sueños -de más está decir que además lo buscaba ferborosamente, una y otra vez-. Prometió nunca afllojar, pero todavía sigue intentando. No se rinde.
S-

No hay comentarios.:
Publicar un comentario